12 abr. 2015

analógicas

















Verano 2014. Perdida entre las playas de Ibiza con mi familia, disfrutando de los días cálidos y sus tardes perezosas de libros y siestas. De una cala a otra, así ibamos, todas las mañanas temprano nos levantábamos y echábamos la mañana en una distinta. El agua siempre era cristalina, y los peces, sin timidez alguna, nadaban tan cerca que fácilmente se podían tocar con los dedos. Por la tarde paseábamos por el pueblo y acogíamos gustosos la puesta de sol, mientras con mi madre comentábamos la vestimenta de las guiris borrachas que parecían sacadas de un episodio de Jersey Shore. Para gustos colores, y allí este dicho se cumplía a la perfección. Por una parte estaba el desmadre que es imposible no presenciar pero que bueno, al final termina siendo cómico y todo (mientras nadie vomite cerca tuyo, claro). Por otra parte, la calma y belleza de sus paisajes tan puros.
Después en la bonita ciudad de Córdoba me esperaba un niño más bonito todavía, para pasar unos días juntos después de un tiempo sin vernos. Y qué días más buenos.

Fueron unas vacaciones muy simples, sí. Todo se trataba de momentos.
La gracia estaba en el momento.



Bernardita Prudant